
El conflicto bélico continuaba su curso, y tanto los Aliados como los alemanes buscaban dar el golpe final que derrotara definitivamente al enemigo. Sin embargo, para la Alemania de Hitler, Gran Bretaña representaba un desafío especial debido a su condición insular. Los tanques alemanes no podían implementar su estrategia de ataque relámpago a través del Canal de la Mancha, por lo que la única forma de derrotar a Gran Bretaña era estrangular sus rutas de suministro marítimas. Para lograr esto, se requerían buques de guerra y, sobre todo, submarinos.