
Durante la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler lleva a cabo su apuesta más arriesgada: la invasión de la Unión Soviética, conocida como la operación Barbarroja. Hitler ve en los vastos espacios y los abundantes recursos naturales de la Rusia soviética la recompensa que permitirá al pueblo alemán convertirse en la raza suprema. A pesar de las dudas de sus generales, más de 4 millones de soldados alemanes se despliegan hacia el este, enfrentándose a un ejército rojo mucho más numeroso y combativo.