Antes de erradicar a los humanos de la faz de la Tierra, los dioses les dan una última oportunidad para demostrar su valía. ¡Que empiecen las batallas de Ragnarok!
Mientras la humanidad celebra el resultado de la sexta ronda, los dioses se inquietan. Brünnhilde y Hermes reflexionan sobre las batallas anteriores y la fortaleza de los humanos.
Los dioses ansían una victoria y Hades se ofrece para vengar a su hermano. La humanidad envía a Qin Shi Huang. El escenario está listo para un combate apoteósico entre reyes.
Qin Shi Huang unifica China y luego sube solo al monte Tai para ponerse a prueba frente al dios demonio Chi You. Allí domina el arte marcial definitivo.
Qin Shi Huang vive una infancia marcada por la hostilidad. Pero, con el tiempo, encuentra la felicidad en la estrecha relación que entabla con su estricta cuidadora.
La séptima ronda se intensifica. Hades se raja el pecho y tararea mientras la sangre brota y dota de nueva fuerza a su arma divina.
Qin Shi Huang está al borde de la muerte, pero saca fuerzas de Alvitr y vuelve a desatar la Fuerza del Fénix. Hades prepara su lanza para el golpe de gracia.
En la octava ronda, los dioses eligen a Belcebú, el dios que ha maldecido Satán. Aunque todos le han dado la espalda, en su día tuvo tres grandes amigos que forjaron su destino.
Mientras se enfrenta a los poderes de Belcebú, que aprovechan la vibración, Tesla los reconoce como una forma de ciencia y contraataca con toda la fuerza del ingenio humano.
Tesla atrapa a Belcebú en la Zona Gematría y recurre al Paso Tesla, pero su adversario aprende a neutralizar el ataque. Los dioses esperan salir triunfantes, pero...
Belcebú ataca con la técnica prohibida de Helheim, pero Tesla sigue en pie y, en el punto álgido del combate, recuerda a su hermano cuando era un niño.
Tesla está muy maltrecho, pero no se rinde: pone a Belcebú contra las cuerdas y lo obliga a defenderse. La batalla entre ciencia y mitología alcanza el clímax.
El siguiente guerrero de los dioses es Apolo, el radiante dios del sol. El rey Leónidas de Esparta representa a la humanidad. Empieza la novena ronda y ninguno cede un ápice.
En el pasado, el rey Leónidas de Esparta desoye las profecías de Apolo y se va a la guerra. Ahora que su orgullo está en juego, propina al dios un golpe definitivo.
Alentado por su férrea determinación, Leónidas derriba a Apolo. Cuando este se levanta, ensangrentado, muchos dioses se mofan de su orgullo, pero Zeus y Ares reconocen su mérito.
Los dos guerreros, moribundos pero en pie, reconocen el valor del otro. Leónidas transforma su escudo y avanza mientras Apolo empuña su mítico arco.